Positano desde la ventana

del Villa Treville

 

Continuando nuestro viaje por la costa Amalfitana, recalamos en un pequeño pueblo acostado en la vertiginosa colina. Por algo llaman a Positano “El balcón de Italia”, dadas sus terrazas frente al cristalino Mediterráneo; vistas fascinantes repletas de edificaciones bajas y coloridas y mucha vegetación. Sin duda, una imagen para no olvidar jamás.

A 40 minutos de Nápoles, llegar a Positano es sencillo y se convierte en parada obligatoria. En esta etapa nos alojamos en el Villa Treville. Cabe decir que considero que es el hotel con más encanto que he visitado en toda mi vida. Y tanto fue así, que perderse por sus terrazas, piscinas escondidas y rincones se convirtió en el mejor turismo que pudimos hacer. Cada detalle es un bocado de lujo, de ese lujo que no solo es tangible sino que te llena de paz y buenas sensaciones.

El Villa Treville se compone de cuatro villas exquisitas por su decoración y comodidades donde encontramos diferentes suites. Nosotros nos alojamos en una de ellas, la Downes, que toma su nombre del escritor americano de novela policiaca. Los tonos azules y blancos de toda la estancia mezclados con el cristal suponían una constante alegoría al mar que se divisaba desde nuestra terraza privada. Detalles como las lámparas con incrustaciones de piedras semipreciosas y las tapicerías con guiños marineros, conseguían envolverte aún más en la magia global que irradia Positano.

Pasé horas con un buen libro tumbada mirando al infinito…

En las salidas que hicimos del hotel para conocer sus rincones, Positano nos regaló un almuerzo delicioso a base de pescados frescos en el Restaurante Da Adolfo (Vía Laurito,40).

Tan sólo nos escapamos a Capri (a 40 minutos de allí en barco) para disfrutar del encanto de esta pequeña isla donde quedé fascinada por los juegos de luces que se forman dentro de cuevas de su escarpada costa. Como recomendación: merece la pena no perderse la Grotta Azzurra y, por supuesto, dedicar un rato al shopping.

Nuestros días allí se convirtieron en momentos de verdadera desconexión y deleite para los sentidos, el mejor final para uno de los grandes viajes de mi vida.

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